Balance y lecciones de la JMJ

Bien podemos los panameños felicitarnos ante los resultados que la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) deja al país, y con los cuales nuestro gremio se siente sumamente satisfecho.

La normalidad vivida durante esta semana y el espíritu de convivencia global que caracterizó sus días, son, sin duda, motivo de satisfacción nacional.

La complejidad en la realización de una actividad con las dimensiones observadas exige el ajuste de miles de detalles, y demanda una coordinación rigurosa, de manera que la ejecución última se lleve a cabo de manera precisa y puntual. Lograrlo, sin experiencias previas a esa escala, justifica el aplauso unánime para sus organizadores, Iglesia y entes gubernamentales.

Ante esto, cabe destacar la capacidad demostrada por quienes tomaron parte en estas misiones, lo cual habla de la evolución creciente en los niveles profesional, técnico y laboral de nuestro recurso humano, el cual, ciertamente, siempre está a la altura de compromisos de esta envergadura.

La participación de los ciudadanos en la JMJ impuso, en sus actividades diversas, tanto el sello característico de su fervor católico, como el de la tolerancia y el respeto hacia los credos de aquellos que conviven y comparten el anhelo de construir un país definido por su vocación irrevocable de paz.

Además de su objetivo primordial, la JMJ nos ha permitido mostrarnos al mundo con lo mejor de nosotros mismos, más allá de los referentes pocos o muchos que los otros habitantes del orbe tengan de este pequeño país. Ellos tienen ahora elementos de primera mano -criterios personales- para darnos a conocer entre sus connacionales. Hablarán de lo que tenemos; promoverán lo que podemos ofrecer. Y, sobre todo, se referirán a la clase de gente que somos. Eso hacen los viajeros al regresar a casa.

Con todo, el aspecto tal vez más trascendente de lo vivido estos días por los panameños es llevarnos, como sociedad, el reconocimiento que la comunidad mundial hace del rol de la juventud en el destino de la humanidad.Y es que lo que debe ser obvio – los jóvenes son la certeza del futuro – es un compromiso pendiente tanto deatención como de cumplimiento por la mayoría de los países en cuanto a una verdadera inclusión, la cual solo es posible mediante una educación que los convierte en actores activos de cuanto cambio sea necesario. Lo demás, será su marginación eterna.

Gabriel Barletta
Presidente CCIAP